14 jun. 2011

Estudiando con los frailes 1

Colegio La Salle de Monreal del Campo
(Foto de la web del ayuntamiento: Monreal del Campo)

   
En la pequeña historia de los habitantes de Plenas hay un curioso capítulo que marcó a casi toda una generación de pleneros: los chavales que fuimos a estudiar con los frailes a finales de los sesenta. Esos años empezó la crisis de vocaciones sacerdotales pues España empezaba a mejorar económicamente y varios seminarios comenzaron una labor de captación de chavales en el mundo rural para cubrir esta falta de vocaciones. Contaré mi experiencia con los hermanos de La Salle, pues también hubo chavales del pueblo que marcharon a otros colegios.
Entre los años 1968 y 1969 fuimos 14 pleneros  al Colegio La Salle.

Después de varios años con problemas con los maestros en el pueblo,  incluso un año tuvo que estar de maestro Manolo Martínez, nuestros padres estaban algo preocupados por la enseñanza de sus hijos y  en 1968 se acercó a Plenas, en un Renault 4, el Hermano Miguel que se puso en contacto con los padres de muchos niños del pueblo para intentar que estudiaran para curas, logrando convencer a varios y en mayo de  ese mismo año partió hacia el Colegio La Salle de Monreal del Campo un primer grupo formado por Juan José Gracia, Pedro Pascual Yus  y José Antonio López.
Los que queríamos estudiar para fraile ibamos primeramente a Monreal del Campo donde estaba el aspirantado menor. El colegio de Monreal del Campo se cerró en 1973. Después de un año pasabamos a Teruel, que también era aspirantado menor, y mas tarde a Mallorca (a Pont d´Inca) y algunos a Bujedo (Burgos) donde llegó a tomar el hábito Petronio Ortín, hasta el año 1983 que abandonó la congregación de los hermanos de la Salle
En el colegio de Monreal ya estaba Sergio Bonafonte, incorporado desde la localidad de Bello, donde trabajaban sus padres.
Estuvieron un tiempo, vieron el colegio y en el verano volvieron al pueblo. Pedro Pascual Yus ya no regresó  pero los otros dos nos animaron a otros chicos del pueblo a ir a ese colegio, pues contaban que había piscina, campos de fútbol y buen ambiente, y que se pagaba quince pesetas al mes. Después de esas informaciones volvió otra vez el Hermano Miguel y en julio partimos Javier Gracia, Agustín Yus, Pantaleón Ambroj, Antonio Ortín y Alfonso Monreal al Colegio de Monreal. Cuando llegamos allí muchos echabamos en falta a la familia pues no habíamos salido nunca del pueblo y alguno quería volverse a casa pues era duro adaptarse a las normas, costumbres y disciplina del colegio. Nada más llegar nos asignaban los primeros días un ángel, que era una persona que nos cuidaba y nos ayudaba para que la estancia no se nos hiciera tan dura.

Allí tenían una piscina y algunos no habíamos visto nunca una, lo más parecido vimos era la balsa del Peloto, que era para riego y donde nos metíamos aunque no se podía nadar. 
La temporada del Azafrán era dura.  Nos levantaban temprano para recogerlo; íbamos con unas latas y cuando estaba llena se la teníamos que enseñar al fraile que nos contaban las flores que llevábamos. Algunos listos metíamos piedras hasta que se daban cuenta; ya por la noche nos sentábamos en las mesas del comedor, que estaban llenas de flores, y a esbrinar hasta que se acababa todo el azafrán recogido. Como tenían muchos campos, también había que ir a recoger remolacha, patatas, o lo que fuera.
Recuerdo que nos regalaron una Virgen del Pilar en una bola de cristal, que cuando le dabas vuelta salían como unas brisas de nieve, ¡no veas lo contentos que nos pusimos!, la llevamos al pueblo, y les decíamos a nuestros padres,-  mira lo que nos han regalado los frailes.
En los recreos había como una especie de tabla, que se iba pasando al que le tocaba, de uno a otro, y al final del recreo el que la llevaba tenía que entregar unos vales que nos daban según el comportamiento, tanto en los recreos como en las clases.
Por las noches, antes de ir a dormir, se situaba  el Director del Colegio a la subida a los dormitorios, y los alumnos nos poníamos en dos filas  y le teníamos que besar la mano. Ese año era Director el Hermano Guillermo Seguí.  Una vez vinieron nuestros padres al Colegio, durante unas jornadas de convivencia.
Cuando llegaba el verano, íbamos un mes de vacaciones a casa.
Al año siguiente vinieron más chavales del pueblo, José María Sancho, Jesús López y Luis Antonio Gracia.
Después de estar un año en Monreal nos mandaron a Teruel, a un Colegio grandísimo, que era también aspirantado menor, donde estábamos 80 alumnos entre los dos cursos. Allí no había campos para trabajar como en Monreal. Había en el patio del colegio una canasta de baloncesto, y allí pasábamos los ratos libres encestando. Para jugar al fútbol, teníamos que cruzar todo Teruel e ir a unos rastrojos donde con cuatro piedras hacíamos un campo de fútbol y allí pasábamos las tardes de los sábados o domingos. 
Algunos hacíamos de monaguillos en la capilla del colegio, y teníamos que ir a las monjas a recoger las obleas para celebrar la eucaristía, y el vino, y las monjitas nos daban los cortes de las hostias, y ¡anda que no estaban buenos!. Un día dijo un fraile,- me parece que aquí faltan hostias, no sé…,  alguno se las debe de comer.
Después de acabar el primer curso, el siguiente destino era Mallorca, concretamente Pont  d´Inca, donde estaba el Aspirantado Medio. Allí ya conocíamos a algunos frailes y compañeros de Monreal del Campo, por lo que no se nos hizo muy duro el comienzo.
Entre los compañeros había muchos de los pueblos de alrededor, de Moyuela, Blesa, Moneva, Muniesa. Que recuerde, siguen de frailes, Joaquín, de los Gadeas de Moyuela, Miguel Pérez de Blesa y Gregorio Plou, de Muniesa.

Para regresar a Plenas, teníamos que tomar un barco que nos llevaba a Valencia y de allí, en autobús hasta Teruel, desde donde ya nos distribuíamos cada uno a nuestro pueblo.
Todos de Plenas dejamos los frailes porque perdimos la vocación y queríamos hacer otras cosas en la vida. Para mí la experiencia fue buena y siempre hablaré bien de los frailes pues nos dieron una educación y unos estudios que tal vez no hubiéramos hecho nunca. Allí había mucha disciplina, pues si te pasabas un poco, de un día para otro te decían: Coge las maletas y para casa.

Antonio Ortín





    
  

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