12 jul. 2011

La perra "Leona"

Hace 10 ó 12 años se hizo un concurso de relatos en la Comarca de Belchite y con los trabajos presentados se publicó un libro. El relato ganador era de Romi del Río, de Plenas. Yo presenté un relato que fue seleccionado y publicado pero no ganó. Se llamaba "Leona " y trataba de una perra de mi infancia. Lo pongo en el blog.



"LEONA"
Otra vez regreso a Plenas después de varios meses de ausencia.
Cuando pienso en el viaje, me invade un fuerte sentimiento de melancolía pues me vienen a la memoria los buenos y malos momentos pasados allí. Desde hace algunos años, mis viajes al pueblo son cada vez más espaciados, tengo menos tiempo libre y otras obligaciones que me impiden hacerlo más a menudo. Pero ir a Plenas siempre me ha gustado, el pueblo es mi país de "Nunca Jamás", mi paraíso terrenal de la infancia, donde de verdad me sentía libre y feliz.
Ya estoy cerca. Veo la gran llanura que rodea el pueblo, limitada por lejanas montañas azules y atravesada por el valle del río Santa María como si fuera una gran cicatriz, y que en mi infancia estaba poblado de numerosos chopos, olmos y árboles frutales que lo asemejaba a un oasis, pero ahora está bastante seco. El pueblo se ve recostado, medio escondido en la ladera del valle, con sus "casitas" de color de la tierra y blancas, adaptándose perfectamente a las curvas del terreno. La gran torre rojiza de la iglesia parroquial sobresale entre las casas cual faro solitario en la inmensidad de la llanura para guía de viajeros perdidos.
Llegado al pueblo, en casa de mi madre descargo los muebles viejos que he traído y me doy un paseo por las calles solitarias. Apenas encuentro vecinos. ¡Qué diferente a los recuerdos de mi infancia! Se siente que este mundo está a punto de desaparecer. ¡Pobre pueblo mío!
Cada rincón, cada casa, cada piedra… me trae evocaciones del pasado. Ahí, por ejemplo, en esa "placilla" recuerdo perfectamente a la tía Aurelia, vieja señora con clase, siempre sentada en un sillón, que parecía una reina de la Polinesia en su trono real. ¡Cómo ha cambiado todo!
Me voy por las eras, el lugar que rebosaba de vida y que ahora está solitario y triste, y desperdigados yacen restos de viejos carros, trillos, rodillos… ¡Ah, que bien me lo pasaba dando vueltas montado en el trillo de mis tíos!
Tumbado a la puerta de un pajar hay un hermoso perro grande, un mastín. Le saludo :

–¡Hola perro! ¿Qué tal estás por el pueblo? ¿Cómo te lo pasas?

El perro parece que me escucha. Levanta lentamente la cabeza y me mira como diciendo: ¡Anda, déjame descansar en paz y no seas pesado! y luego vuelve a apoyar la cabeza sobre sus patas delanteras. Me siento allí cerca, sobre una piedra y con la espalda apoyada en un muro. Es un hermoso día de primavera. El paisaje que se extiende ante mí es encantador y sugestivo. La mejor época para disfrutar de Plenas es la primavera y el otoño, cuando apetece pasear por sus caminos, por el río, por los Rochos, por el monte Tarayuelas, por la fuente Estella, por la ermita del Carrascal, por las Balsas…, perderse por los parajes del término y descubrir sus rincones insólitos, sus matices, disfrutando de la soledad y el silencio de estas viejas y olvidadas tierras…
–¿Sabes una cosa? Que me recuerdas mucho a una perra que tenía mi abuelo cuando yo era niño y a la que quería mucho–. Le digo al perro.

A mis pies están las casas del pueblo y al otro lado del valle diviso la ermita del Carrascal, y la lejana sierra. La calma es total, el silencio absoluto. Merece la pena venir al pueblo aunque solamente sea para vivir este leve momento de inmensa paz para el alma y tan difícil de encontrar  en las grandes ciudades.
Mientras observo lo que me rodea, hablo con el perro, que sigue tumbado, impasible, tal vez escuchándome…

–Te voy a contar mis recuerdos de Leona, la perra que antes te he comentado. Era grande, de pelo blanco con unas pocas manchas negras, tranquila, muy tranquila. Mi abuelo la tenía para el ganado. Su vida diaria consistía en acompañarle de perra pastora y sólo jugaba con nosotros los días que no iba a "trabajar". Era una perra fiel a la que toda la familia le teníamos un cariño especial. Dormía siempre en la calle, jamás entraba a las casas y comía bastante. De vez en cuando le llevábamos sobras de comida: huesos, trozos de pan, etc. y se lo comía todo en un periquete. A veces Leona se quedaba con hambre y marchaba sola al monte a comer animales muertos que encontraba.
Era tan grande que nos servía de caballo y en ella nos montábamos todos los primos. Leona, con enorme paciencia, nos llevaba un pequeño trayecto alrededor de la replaceta .
En la casa había un carrito pequeñín, exactamente igual que los grandes pero de juguete, pintado de vivos colores. Con él habían jugado mis tíos de pequeños y nosotros también lo utilizábamos. Lo atábamos con cuerdas a Leona que cual caballo tiraba de él perfectamente y nos íbamos a recorrer los polvorientos caminos. Recogíamos hierbas, piedras, todo lo que encontrábamos y lo echábamos al carro. Leona, sin protestar, lo transportaba de aquí para allá. Otras veces nos montábamos en el carro y nos daba unas cuantas vueltas.
Una vez parió muchos perritos y los primos estuvimos jugando con ellos. Mi hermano se puso uno en la cabeza y lo estaba llevando de un lado para otro cuando el perrito se hizo diarrea, empezó a llorar y lo tiró mientras todos nos reíamos al verlo con la caca por el pelo. El abuelo sólo quería uno de toda la camada y a la mañana siguiente nos asomamos a la balsa del molino y vimos a los pobrecillos perros muertos flotando en las aguas. Ahora la balsa ya no existe pues allí construyeron una vivienda acabando con un encantador rincón.
Leona nos acompañaba en nuestras excursiones, pero no a todas, solamente cuando le daba la gana. Nos seguía un buen trecho y cuando estimaba oportuno, nos adelantaba y nos guiaba, llevándonos por los mejores caminos hacia el lugar que queríamos visitar. Creo que Leona era más lista que muchas personas. Tenía una sensibilidad especial, y comprendía perfectamente a los niños de la familia. Con ella estábamos muy a gusto y seguros.
En cierta ocasión los primos fuimos a jugar a las eras con "cochecitos" y camiones de juguete. Nos acompañaba Leona. Se tumbó, como tú estás ahora, mientras nosotros jugábamos. Estuvimos mucho rato y cuando nos cansamos, recogimos los juguetes y nos fuimos. Lo normal era que Leona se levantara y nos acompañara pero la perra no se levantaba. –¡Leona, venga, ven, que nos vamos ya!– Pero Leona no se movía. Otra vez estuvimos llamándola, pero no había manera de que viniera. Nos acercamos a ver que le pasaba y nos dimos cuenta que habíamos dejado un "camioncito" olvidado entre las piedras. Lo recogimos y entonces Leona se levantó y nos acompañó. ¡Estaba diciéndonos que nos habíamos olvidado el juguete! ¡Qué perra más lista!
Leona era diferente a los otros perros. Estoy convencido que era una persona con la apariencia de perra. Tal vez tú, perro, seas también una persona que te has convertido en perro, o que en alguna otra vida fuiste una persona, ¿quién sabe?
También peleaba. La mayoría de los perros de Plenas eran unos cascarrabias, ladraban constantemente. El más ladrador y desagradable era el perro del molinero. Había otros más grandes y violentos, como un perro-lobo que nos tenía atemorizados a los niños. En cierta ocasión fuimos a jugar a la Represa, en unos vetustos chopos cabeceros a los que subíamos a construirnos casas y castillos. Leona nos esperaba abajo, tumbada junto a la acequia, a que termináramos nuestros juegos y después nos acompañaba de vuelta a casa. Pero bajando por la Hormiguilla, en uno de los campos cercanos, estaba el temible perro-lobo y al vernos empezó a ladrar furiosamente. Leona ladró un poco y se abalanzó directamente sobre él. Estuvieron un buen rato peleando y ladrando, y nosotros observábamos desde lejos la tremenda lucha. Los dos eran de la misma estatura y fuertes, ¿Quién ganará? En un momento dado, el perro-lobo salió aullando y con la cola entre las patas, a todo correr. Leona vino hacia nosotros. Tenía varias heridas en la cabeza y orejas, y sangraba algo, pero ella era la vencedora. ¡Bien, Leona, eres la más fuerte! Le decíamos los niños.
Los años no pasan en vano y todos vamos envejeciendo, y los perros más rápidamente que las personas. Leona también se fue volviendo vieja y ya no servía para ir al ganado. Un día mi abuelo recibió la visita de unos conocidos de Fuendetodos y al marcharse, les regaló a Leona, para que cuidara unos corrales. La perra subió sumisa al tractor y marchó a su nueva tierra. Los niños nos quedamos preocupados pues se nos iba nuestra mejor amiga de juegos y tal vez ya no la volveríamos a ver nunca más. Pero nuestra tristeza duró poco. Leona apareció unas semanas después a la puerta de la casa. La alegría fue inmensa, ¡Otra vez teníamos a Leona! Había venido andando campo a través desde Fuendetodos y la pobre estaba flaca y cansada. Los niños le preparamos un gran festín, que lo agradeció enormemente. Los nuevos dueños no vinieron a buscarla y la perra se quedó con nosotros.
Un buen día, mi abuelo decidió regalársela al ermitaño. Ahora ya no hay ermitaños pero hasta no hace muchos años vivían en la ermita del Carrascal. Como estaban aislados la perra les iría bien para cuidar el lugar, y allí subió la tranquila Leona.
A menudo subíamos a la ermita con la intención de ver a la perra, pero nunca encontrábamos al ermitaño, y Leona permanecía encerrada en el edificio, se supone que cuidándolo. Nos olía y empezaba a ladrar, entonces nos acercábamos hasta la puerta y hablábamos con ella. Otras veces subíamos comida y se la metíamos por la gatera. Notábamos que la pobre Leona no se encontraba a gusto en aquel lugar y era la sensación que teníamos todos cuando bajábamos cabizbajos hacia el pueblo. Después de tantas aventuras y juegos juntos, de tanto cariño entre nosotros, pues era una más de la pandilla, nos apenaba que estuviera en aquella situación.
Aquel verano se acababa. Tuve que regresar a Zaragoza pero a menudo me acordaba de Leona. En el colegio me mandaron hacer una redacción sobre perros y escribí algo de Leona. La profesora me dijo que estaba todo bien pero que tal vez debía haberle puesto otro nombre más apropiado a la perra, como Bobi, Lassi, Princesa, pues Leona no era un nombre de perro, cosa que me dejó terriblemente sorprendido, ¿Cómo que no es nombre de perra, si siempre se ha llamado así? ¡Qué me dice esta mujer!
En Navidades regresé al pueblo. Me dijeron que Leona había muerto. Mi hermano y yo comentábamos que se habría muerto de pena y tristeza por estar encerrada todo el santo día en la ermita sin poder ver el sol,  ni tomar el aire, sin ir por donde le apetecía, ni jugar con los niños que tanto le gustaba...
Nos acercamos a ver al ermitaño y lo encontramos trabajando en un campo cercano. Le preguntamos dónde había enterrado a Leona y nos dijo que bajo un montón de piedras que había a la derecha de la ermita, que lo veríamos enseguida el lugar. Vamos con tristeza y allí estaba el montón de piedras. Con unas "ramitas" hicimos una tosca cruz que colocamos encima como pudimos y también dejamos un manojo de flores en recuerdo de nuestra querida Leona. Descansa en paz para siempre, amiga.
Cuando subo a la ermita, siempre echo una ojeada al montón de piedras, que todavía permanece allí, y me viene a la mente los felices días de la infancia jugando con aquella perra.
Y aquí acaba la historia, perro. Espero que te haya gustado.

El perro alza la cabeza, me lanza una mirada tan extraña como la primera, se levanta y da unos pasitos hacia mí, tumbándose junto a mis pies. Le acaricio. Estoy seguro de que se ha enterado de todo lo que le he contado. Mientras le sigo acariciando miro el cielo de Plenas en este hermoso y tranquilo atardecer, apenas roto el silencio por el alboroto de unos cuantos juguetones gorriones…
Titulo de la obra:        "LEONA"
Autor:                          ÁNGEL TOMAS DEL RÍO

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