22 nov. 2011

La cigüeña siempre regresa


Portada del libro



Ayer acabé de leer un libro que me ha encantado: Los viajes de la cigüeña, de Gustavo Martín Garzo. Trata de sus recuerdos de la infancia, cuando era un niño e iba a veranear al pueblo de Villabrágima y las aventuras con su amada bicicleta. Leyéndolo me recordaba a mi mismo en mis estancias en Plenas. Casi todas las infancias y todas las sensaciones eran parecidas a las que tenía yo en Plenas cuando también iba los veranos allí. ¡Que gran placer y emoción he sentido leyendo estas páginas…!
Nos cuenta la historia, costumbres, leyendas, personajes históricos y populares, paisajes y gentes, patrimonio artístico (ermitas, palomares…), las comidas. Recuerda juegos de infancia, los baños en el río, el colegio y los sobrecogedores ejercicios espirituales, las fiestas populares, los amores de los adolescentes y sus paseos románticos junto al río, los ritos tradicionales, la represión que se vivió en la comarca durante la Guerra Civil, la oscuridad y el dolor, el silencio que se estableció a continuación. Nos habla de las chicas del pueblo que se iban a servir a la ciudad, de la emigración de algunos vecinos a los países centro europeos… todo ello con emoción, ternura y melancolía. Son paisajes del alma y de la memoria. 
De entre lo escrito, entresaco algunas frases y párrafos que me parecen muy interesantes y que se pueden trasladar perfectamente al mundo y paisaje de Plenas:
Del pueblo dice que (…) Es un pequeño paraíso. Tuve suerte al ser un niño de pueblo, porque los de ahora desconocen el lugar de los nidos y no saben lo que es bañarse en un río entre los juncos o entrar en un palomar.
(…) El campo liso, recién segado, y su color de oro. La belleza limpia de sus atardeceres, sus horizontes infinitos, las lejanas sombras de algún pequeño soto (…).
Pag. 14 (…). Hay dos tipos de viajes. Los que realizamos por el exterior, en busca de otros mundos y otras gentes, y los que realizamos por nosotros mismos. El viaje objetivo y real, y el de nuestros pensamientos y nuestra memoria, pues también la memoria es un viaje y cuando recordamos no hacemos sino visitar los lugares que guardan las huellas de nuestra vida. Tratando de recuperar lo vivido, y de hacer nuestro lo que no llegamos a vivir. (…) Me propongo recorrer los lugares del pueblo de mi infancia, por lo que cualquier viaje por él será inevitablemente un viaje por mi propia memoria… (…).
(…) Recuerdo las noches de mi infancia en que el mundo se llenaba de sonidos. El croar de las ranas, el canto de los grillos, el piar loco de los pardales, cuando al atardecer resentían la llegada de la noche. Enseguida el cielo se poblaba de estrellas. En el pueblo apenas había luz, y bastaba con alejarse un poco de las casas, carretera adelante, para contemplar la noche en todo su esplendor. No he vuelto a ver cielos como aquellos, en ningún lugar del mundo. La noche era el espacio encantado de un cuento, y aquellas tierras, sus caminos polvorientos, su vegetación rala, la pobreza de sus moradores, se llenaban de misterio y de vida.
Pág. 105 (…). El mundo rural ha sufrido en estos últimos años grandes transformaciones que lo han hecho casi irreconocible. Ya no hay oficios, y gran parte de los productos que se utilizan para vivir proceden de otros lugares y se compran en supermercados y ferias. Antes casi todo salía de aquí. El pan, la carne, los productos de la huerta, pero también la lana, los tejidos. Había carpinteros, herreros, albañiles; los colchones se hacían con la lana de las ovejas del pueblo; la leche era de las vacas que pastaban en prados y eras; los adobes, las tejas y los ladrillos, de la tierra arcillosa de los tesos cercanos. El vino, de los majuelos; las conservas, de los árboles frutales; las especias que se utilizaban para cocinar, de las plantas aromáticas del monte. El campesino sabía de dónde venía cada alimento que se llevaba a la boca, quien había hecho las vasijas, las herraduras, las mesas tocineras y los aperos de labranza que utilizaba, sabía leer en el cielo estrellado el clima de los días siguientes y en las formas de las nubes, la amenaza de lluvia y del temible pedrisco. No estaba separado del mundo natural, tenía una relación directa con la tierra. Una relación que daba lugar a un lenguaje rico, preciso, el lenguaje de los oficios y las actividades que se llevaban a cabo, pero también el lenguaje del juego de los niños y de las canciones de fiesta, el lenguaje de los cuentos que se contaban en las cocinas, el de los vendedores de los mercados y el de los cortejos y los rezos. Cada tarea tenía su ciencia; cada material, su manera de ser tratado. Y los resultados estaban a la vista: pan bien horneado, despensas repletas de embutidos, quesos, conservas de tomates, leche frita, churros para las excursiones al monte. El olor de los alimentos, el calor de las cocinas, y la blancura de la ropa: Cocinas que ardían sin consumirse, caballerías ataviadas como ara una romería. En tdos los sitios estaba la mano del hombre, y el orgullo de las cosas bien hechas. El orgullo de quien transforma la necesidad en juego y rinde su tributo a la alegre y alocada belleza. ¿Podemos vivir sin belleza? No, no podemos vivir. La belleza es lo que está de más, lo que no tiene por qué. EL juego, el amor, las canciones, los baños en el río, las palabras que se susurran, las que las madres dicen a sus recién nacidos pertenecen a ese mundo. Todo lo que hacemos porque sí, sin una razón clara ara hacerlo de esa manera. Y así los cántaros eran hermosos, los guarnicioneros reparaban los aperos como si fuera el ajuar de una novia, las mujeres adornaban con cenefas de papel los estantes de sus despensas, y se almidonaba la ropa y se hacían vestidos, y en las fiestas había carreras de cintas y se encendían velas en las iglesias. Y las mujeres estaban orgullosas de sus cocinas, los pastores de sus rebaños, los agricultores de sus huertas. (…) a pesar de la pobreza y la precariedad de la vida, la gente sabía arreglárselas para conseguir que la tierra subiera hasta el cielo.
Casi nada de esto podrá encontrar el viajero que visite hoy esta bella comarca. No digo que sea malo, pues de hecho nunca se ha vivido en sus pueblos como se vive hoy. Pero algo ha cambiado, y ese mundo del que vengo hablando ha dejado de existir. John Berger ha escrito que el fin de la cultura rural fue el hecho mas significativo que se produjo en el siglo que acaba de terminar. Era un mundo ligado a la producción, al ciclo de las estaciones, pero también al mundo del relato. Un mundo en el que los hombres no se limitaban a trabajar sino que tenían sus propias maneras de dar sentido a las cosas y de ordenar sus vidas. No quiero idealizarlo, pues también era un mundo lleno de suciedad y miseria, en el que los hombres se emborrachaban y pegaban a sus mujeres, y había maledicencia y mentiras, pues donde hay hombres, hay oscuridad y desdén. Pero en él al menos cada cosa decía lo que era: los vencejos que volaban al atardecer, las aves acuáticas, las bandadas alteradas de las perdices. Un río decía que era un río, las cigüeñas que eran cigüeñas, las alondras cantaban en el aire la canción de su propio ser, y los cerdos vivían su exagerada vida de cerdos. Y la vida era ir a los bailes y salir a pasear por la carretera comiendo pipas; y la muerte, las campanadas sombrías, los funerales y los cirios.
El hombre actual ha dado la espalda al mundo natural: No me refiero solo a que contaminemos ríos y mares, nuestras fábricas envenenen el aire, o transformemos las costas en una urbanización sin fin; sino que hemos dejado de escuchar o de tener en cuenta lo que nos dicen la tierra y el agua (…).

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