31 mar. 2011

Segadores, segadores


Version recogida en Plenas

Había una señora que tenía tres hijas y vivían de los higos que iban a vender cada día a la plaza del pueblo. Como eran muy pobres, su madre les decía que no tenían que regalarle a nadie los higos, que si querían higos que los pagaran.

Un día estaba la hija mayor vendiendo higos en la plaza del pueblo y pasó una mujer con un niño pequeño en brazos y le pidió a la chica que vendía higos que por favor, le diera alguno porque su niño tenía hambre. Esta señora era la Virgen.
Ella le dijo que no, que su madre le había dicho que no le diera higos a nadie. Entonces los higos se le convirtieron en ortigas y cardos, y se fue llorando a su casa.
Le contó a su madre lo que había pasado, pero al día siguiente mandó a la hija mediana y le recordó que no regalara ningún higo a nadie.
Estaba la hija mediana en la plaza:
–¡Quien me compra estos higuicos buenos! 

Pasó por allí otra vez la mujer con el niño y le pidió un higo para su hijo que tenía hambre. Ella le contestó que su madre le había dicho que no le diera a nadie.  Igual que le pasó a su hermana el día anterior, los higos se le convirtieron en ortigas, cardos y cachurros, y volvió llorando a su casa.
Entonces la madre muy enfadada mandó a la hija menor a vender higos a la plaza y le dijo lo mismo que a las otras, que no diera higos gratis a nadie.
La pequeña fue a la plaza y cuando estaba anunciando sus higos, pasó por allí otra vez la mujer con el niño pero en esta ocasión, la pequeña tuvo mucha lástima de ellos y les dio un higuico y medio.
Volvió de la plaza y le contó a su madre que le había dado un higuico y medio a una señora y a su hijo.  La madre se enfureció muchísimo, le pegó una gran paliza por desobedecerle y la encerró en un oscuro corral que se hallaba abandonado junto a un extenso campo de trigo y bastante alejado del pueblo.
Pasaron los días y en el campo donde se encontraba la hija pequeña había crecido el trigo. Era la época de la siega. Los segadores empezaron a segar y cuando llegaron cerca del corral donde estaba encerrada la niña, oyeron esta canción:
Segadores, segadores,
mirad mi mata de pelo,
que la tuna de mi madre
me encerró por higuico y medio.

Rápidamente los segadores pararon de segar y buscaron de dónde venía aquélla fina voz. Por un estrecho ventano que había en lo alto de una de las paredes del corral se asomaba una enorme melena rubia que casi se confundía con el dorado color del trigo y que le había crecido a la niña mientras estuvo encerrada. Al cabo del rato lograron abrir las complicadas cerrajas de las puertas del corral y sacaron a la pequeña. La pequeña les contó todo lo sucedido y los segadores muy enfadados, fueron al pueblo a buscar a la madre, le preguntaron porqué había encerrado a la niña y la echaron del pueblo.

Recopilación Ángel S. Tomás

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