16 oct. 2010

Los carlistas en Plenas. Unas tumbas…





 


Hace unos años, el río Santa María bajó con enorme caudal, inundando parte del pueblo de Moyuela y en Plenas se llevó campos de cultivo y tierras de la orilla, dejando al descubierto, en las proximidades del Puente del Río, unos esqueletos humanos.
 En un corte producido por el río se veían dos esqueletos alineados con la dirección de la corriente. Se distinguen claramente las calaveras. No tienen restos de vestimenta ni aparece nada excepcional, salvo unas piedras planas encima de los huesos. Observándolos recuerdo que hace muchos años, Manolo Martínez me comentó que por aquel mismo lugar habían ido a coger grava para obrar y aparecieron restos humanos. ¿Que podía ser esto? ¿Un cementerio, un poblado antiguo, restos de alguna batalla habida por la zona? Cuando vuelvo a Zaragoza, busco datos en los archivos que puedan estar relacionados con estos restos que podrían estar relacionados con un suceso ocurrido durante las Guerras Carlistas.España ha sido tierra de numerosas guerras, y en nuestra comarca se han desarrollado algunas de las batallas más crueles de todas las guerras. Muchos de estos acontecimientos se han ido olvidando porque otras guerras más crueles que las anteriores oscurecen los viejos tiempos. Parece mentira que una tierra tan llana y despoblada pueda haber sido escenario de tan grandes batallas… El 25 de agosto de 1837, durante la Primera Guerra Carlista, en las proximidades del Villar de los Navarros, se produce una tremenda batalla donde las tropas carlistas derrotan a las tropas liberales. En esta batalla caen numerosos prisioneros liberales: el brigadier Don Ramón Solano, 84 oficiales, 60 sargentos y unos 1.500 soldados, de los cuales a los de la quinta de 1836, unos 400, les hicieron tomar las armas para defender la causa carlista. Los prisioneros, unos 1.245,  muchos de ellos malheridos, fueron conducidos la noche del 24 de agosto hasta Herrera y El Villar, en cuyos caminos les despojaron de ropas y dineros dejándolos totalmente desnudos. Y aquí comienzan las desventuras de los llamados "prisioneros de Herrera" que adquirieron gran celebridad en toda España en aquellos lejanos tiempos. El día 25 de agosto, una inmensa columna compuesta por 11.000 soldados de infantería y 1.500 jinetes del ejército carlista,  con el pretendiente Don Carlos y todo su séquito así como los prisioneros, totalmente desnudos, parten del Villar. Jamás se había visto tan inmenso cortejo en aquellas tierras. Algunos grupos de soldados se adelantan para preparar el terreno y llegan a Plenas, donde requisan numerosos víveres y dinero, y reclutan a unos cuantos jovenzuelos como voluntarios para la causa. También avisan a las autoridades que la numerosa comitiva pasará por allí. Por la mañana, muy temprano, desde las eras se veía la inmensa polvareda que levantaban al avanzar. Los vecinos observan desde lejos la extraña comitiva con miedo y asombro. La comitiva rodea el pueblo sin pasar por las calles y se dirigen hacia  el río Santa María, donde paran a descansar y  junto a la orilla, cavaron las tumbas de metro y medio de profundidad, donde metieron a los prisioneros muertos en el camino y que iban recogiendo en carros. En los agujeros echan los cuerpos desnudos y encima ponen piedras planas, cubriéndolos con tierra. Y estas fosas fue lo que aquella tarde de julio observé en el río, las tumbas de los desdichados prisioneros de la Batalla del Villar. Desde el río, subieron al Plano para seguir camino de Blesa donde los vecinos, compadecidos de la miseria y desnudez de los prisioneros, les proporcionan un gran rancho de pan y chocolate y algunos zapatos. De allí continúan hasta Muniesa donde pasan la noche en una capilla, mientras que algunos oficiales prisioneros son alojados en una casa particular. En Muniesa muere un famoso oficial carlista, Joaquín Quílez, a consecuencia de las graves heridas recibidas en la batalla. Allí, en la mañana del día 26 , los prisioneros son entregados al batallón 5º de Aragón, mandado por Pablo Aznar, conocido por el Cojo de Cariñena, que se encarga de su custodia mientras el resto de la tropa y séquito de Don Carlos parten hacia otro destino. Ese mismo día llevan los prisioneros a Oliete, donde duermen. Ya salen de nuestras comarcas pero no acaban sus penalidades, todavía les quedan 206 días de hambre, dolor, enfermedades, miserias, frío, viajes sin cesar, fusilamientos, hasta que son  canjeados los pocos supervivientes en la ciudad de Segorbe, Castellón. De todas estas calamidades tenemos el vivido relato de un prisionero, el subteniente del Regimiento de Infantería de Córdoba don Juan Manuel Martín, que poco después de ser liberado escribió el 1 de abril de 1838 en Valencia. De este crudo diario hemos sacado algunos fragmentos que nos dan idea de las penalidades pasadas. Los prisioneros reciben solamente media ración de pan diaria durante el mes de septiembre, y no cesan de caminar. El día 10 llegan a Cantavieja, donde son encerrados en la cárcel pública y permanecen allí hasta el día 24 sin salir en ningún momento a tomar el aire. El 20 de octubre se produce una epidemia de tifus que causa numerosos muertos. De todos estos días señalar lo acontecido la noche del 5 al 6 de enero de 1838, en Valderrobles, fechas en las que los prisioneros habían dejado de recibir sus raciones y desesperados por el hambre, algunos de ellos comían trozos de sus compañeros muertos. En una revisión los carlistas encuentran pedazos de pies y manos que se hallaban cociendo, correspondientes a los soldados que por la tarde habían fallecido, y en otros pucheros encuentran más restos. Son detenidos los prisioneros que se supone iban a comer ese festín y los apalean brutalmente, y el día 6,  a las 11 de la mañana son fusilados 9 prisioneros. Asustados un grupo de prisioneros intenta escapar y abre un agujero en el muro de la prisión, huyendo como pueden gran número, pero descubiertos por los carlistas son apaleados y matados allí mismo 32 prisioneros. También una epidemia de tifus acabó con numerosos prisioneros. El día 26 de marzo los canjearon por otros prisioneros, y un reducido grupo de famélicos individuos recuperaban la libertad. Las tropas liberales de Segorbe les hacen un recibimiento apoteósico, pasean por las calles entre el emocionado gentío que los abraza y aclama, y los colman de honores. Antonio Pirala describe con minuciosidad lo acaecido a estos prisioneros  en su libro Historia de la Guerra Civil, escrito en 1869, y reproduce el diario de Don Juan Manuel Martín, oficial prisionero que sobrevivió a todas estas calamidades. Sobre este suceso dice: "Horrores hemos referido en esta historia, y cada vez creíamos no hallarlos mayores; pero los que sufrieron los prisioneros de Herrera exceden aún a los que experimentaron las víctitmas de la ciudadela de Barcelona en 1828 (…) los prisioneros de Herrera fueron verdaderos mártires de la libertad: su memoria es bendita, así como la historia y la humanidad deben maldecir la de sus verdugos".

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