27 sept. 2010

Una de entierros

El pueblo, como muchos otros, se encontraba en plena decadencia y muchos vecinos se habían ido a vivir a la ciudad, no quedaba casi nadie. Pero este jodido día de enero era distinto a los demás, era un día de entierro. Las bajas temperaturas hacían que los charcos cristalizados recordasen la última y estrepitosa nevada soportada en días anteriores. Todo ello, acompañado de un gélido viento procedente del norte hacían un decorado difícil de igualar.
El difunto, era un vecino del lugar que murió en la capital. Hace algunos años se fue a buscar fortuna y futuro para sus hijos, pero allí acabó sus días. El cadáver tuvo que ser trasladado al pueblo en un coche mortuorio que costó un ojo de la cara. Ya en el pueblo, el cuerpo fue depositado en el patio de fría vivienda que habían abandonado hace años, cuando emigración a la gran ciudad. Todo el pueblo honraba con su presencia su cuerpo presente, incluidas las campanas que anunciaban con tristes toques su muerte.
El velatorio ya estaba organizado, la cofradía que perteneció el difunto se había encargado de casi todo y no podía faltar de nada. Los hijos y familiares más cercanos, deberían tener a disposición de todos los vecinos y amigos, diferentes tipos de pastas, magdalenas y bebidas. Habría que agradecer la asistencia al funeral y honrar al muerto, de la misma manera que lo hicieron sus antepasados.
Las lloronas (mujeres contratadas para llorar al muerto) fingían con llantos el duelo hacia la persona que había perdido la vida según lo acordado con la familia. El ambiente era muy triste, como en todos velatorios.
Poco a poco, los vecinos del pueblo acudían a honrar al difunto y las mujeres tomaban asiento por riguroso orden alrededor del ataúd, alumbrado por cuatro grandes cirios.
—Qué guapo esta! –espetaba alguna que otra.
—Lo bueno que era –decía otra. Luego, callaban.
Los hombres aguardaban en la calle y de vez en cuando eran obsequiados por los familiares del difunto con una bandeja llena de pastas y bebidas (coñac, anís, aguardiente, moscatel…). Charlaban abonico (despacio, en voz baja) para no desviar la atención de las mujeres en sus rezos mortuorios.
Las horas de la noche pasaban y algunos, habían tomado varias copias, incluso se podría decir que muchas, ocho, 10 ó 12… El semblante de la cara con la que habían comenzado el velatorio desaparecía por momentos. La piel de la cara de los más bebedores enrojecía entre el contraste de la heladora noche y el alcohol de más de 50 grados. La situación cambiaba por momentos y las conversaciones, también.
—Que nos espera muchos años –decía alguno.
Los diálogos cambiaron por completo, el duelo se había convertido en un cúmulo de chanzas y en historias que recordaban del difunto en tiempos pasados. Poco a poco, se iban a sus casas para descansar hasta la hora del entierro.
A la heladora noche le siguió la no menos fría mañana del sepelio, que el cura había programado para las 11 de la mañana. El pueblo se despertaba entre el dolor y la resaca, y las campanas, no cejaban en su empeño de anunciar el triste día. Los vecinos se mudaban como en las mejores fiestas y la mayoría, vestían sus trajes de boda. Otros, con anchos pantalones de lona azul, chaqueta de pana negra, camisa blanca sin corbata y una gran boina negra. Las mujeres iban ataviadas con sus mejores ropas, pero de colores poco llamativos y sus cabezas, cubiertas con mantillas hechas a mano de colores negros o pardos. Pero los más allegados vestían de riguroso luto, que incluso algunos, llevarían largos años.
El párroco acompañado de dos monaguillos que portaban en sus manos una gran cruz y el hisopo con agua bendita, partían de la iglesia para recoger al difunto y a la comitiva. En casa del difunto, a ambos lados de la calle, se colocaban los hombres, mujeres y niños. El silencio más inquietante reinaba en aquel lugar cuando fue avistada la representación religiosa.
—¡Chiss!, ya vienen —sermoneaban los más serios.
Ya en la casa, enfrente del ataúd, el cura leyó en latín buena parte del oráculo cristiano y bendijo al difunto en infinidad de ocasiones, rociando sobre su cuerpo buena parte del agua bendita. Había llegado la hora de partir en procesión hacia la iglesia. La cofradía que había permanecido todo el tiempo con el difunto había repartido un buen número de velas entre todos los asistentes, que deberían llevar encendidas por todo su recorrido. A los niños se les solía dar propina por llevar las velas. Los familiares y amigos más allegados se disponían a cargar sobre sus hombros el féretro.
Hasta ese momento nadie se percató del enorme tamaño de la caja. Esta no era como las demás, pesaba un quintal. Muchos decían en voz baja:
—¡Hostias, qué caja!, les ha debido costar un riñón, es lo más grande que he visto.
La comitiva partió hacia la iglesia, pero a los pocos metros, un segundo relevo cogió el féretro y los primeros daba la sensación de estar bastante cansados.
En la iglesia estaba todo preparado: los cirios, el coro… todo. La misa era cantada en latín por los más religiosos del pueblo. Durante el acto religioso las calles del pueblo estaban completamente vacías y las personas que no habían acudido al sepelio estaban escondidas tras los visillos de las ventanas.
Una vez concluida la misa, la comitiva partió hacia el campo santo, situado a las afueras del pueblo. No pasaron por la casa del difunto, fueron a rodear, ya que era conveniente no pasar el féretro por la puerta de la casa, para que la ánima no permanezca allí.
Ya en el cementerio, las caras de los que habían llevado al difunto, se veían rojas y sofocantes, sin importarles la enorme helada que estaban soportando junto al viento que soplaba con fuerza por las cuatro esquinas. Se hicieron las últimas oraciones y entre seis hombres, los más fuertes, elevaron el féretro y se dispusieron a introducirlo en el interior de la cavidad, pero ¿que pasaba allí, que no quería entrar? Sencillamente que la caja era más voluminosa que el nicho y no se podía enterrar al difunto.
El murmullo fue patente, el albañil que construyó la última hilada de niños le había fallado el metro y el problema se acrecentaba por momentos. Un vecino se apresuró y fue a su casa para recoger alguna herramienta que facilitase la introducción de la caja en el nicho. A su regreso, fue desmontado el crucifijo, las patas y los adornos que se hallaban por todo su perímetro. Volvieron a intentar, pero la caja seguía sin entrar, sobraban un par de palmos de caja y había transcurrido más de una hora desde que llegaron con el muerto. Los murmullos y el frío iba en aumento.
—¡Qué hacemos –comentaba la familia. Al muerto no se podía enterrar sin caja.
Otro vecino, fue a por una enorme tronzadora, sacaron al difunto y cortaron la parte que sobraba. Ahora, sí, la caja entró holgadamente en el nicho. Se había conseguido y los rostros sonreían por lo bajo, pero no se percataron que con el difunto tendrían el mismo problema que con la caja. Sacaron el féretro, metieron el cuerpo y buena parte de las piernas salían al exterior.
—¡Joder que problema!, ¡Será posible!
Habían transcurrido dos largas horas y el frío seguía azotando.
—Pues hay que partilo –comentaba uno, con cierto acaloro.
Sin medir palabra, el más atrevido de todos, cogió la sierra en sus manos y se dispuso a solucionar el problema. El ruido fue ensordecedor, pero al fin, como pudieron, lograron introducir el cuerpo en el nicho junto con la desarmada caja.
Todos suspiraron y más muertos de frío que el propio difunto, observaron como el enterrador clausuraba definitivamente el entierro. Después de dar el pésame, familiares y amigos se dirigieron a la casa del difunto, donde comieron una excelente sopa de cocido y carne de ternasco la brasa. Todo ello, acompañado por recios vinos, como muestra de agravio y agradecimiento de los familiares más directos del difunto hacia las personas que habían acudido al sepelio.

© I. Navarro

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