25 sept. 2010

Historia de tres amigos


Alcaine. Fuente http://alcaholandulcers.microipad.in/alcaine/

Corrían los años duros de la postguerra y era necesario abastecerse de cualquier producto alimenticio aunque se tuviesen que desplazar para comprarlo a otros lugares.
A trancas y barrancas, tres amigos de Plenas habían reunido la cantidad de mil pesetas que decidieron destinar para comprar legumbres y así tener solucionada muy parte de la alimentación de sus familias en lo que quedaba del año. Para ello, prepararon un carro tirado por caballerías y partieron hacia Alcaine, pueblo cercano de las Cuencas Mineras, de la provincia de Teruel. El camino de herradura era de duro y pedregoso, pero charrando y charrando, cigarro que va y cigarro que viene, llegaron a su lugar de destino.
Una vez allí, se dirigieron a una casa donde poder comprar judías secas. La enorme puerta del edificio de doble hoja se hallaba cerrada en su parte inferior y no disponía de picaporte alguno. La superior abierta, estaba cubierta con una vetusta cortina, confeccionada con arpillera de saco y apañada en toda su superficie con diferentes telas. Apartaron la tela y llamaron:
—¡Dueña!, ¡dueño!, ¿hay alguien en casa?
Así, varias veces y no aparecía nadie. De pronto:
—Hola, buenos días, ¿qué os puedo servir? —contestó una señora mayor con voz entrecortada.
—Venimos de Plenas, por mil pesetas de judías.
Le mostraron el billete y se lo dieron.
—Bien, esperen un poco que ahora se las saco.
La señora cogió un almud de madera y se dirigió al granero donde las tenía almacenadas. A poco rato, las legumbres se hallaban cargadas en el carro.
Una vez hecha la transacción, la señora convidó a los compradores a un trago de vino fresco.
La mujer que hablaba por los codos, les preguntaba acerca del lugar de origen de los compradores y de las personas que conoció en tiempos pasados.
Finalizada la pequeña charla, la señora les dijo:
—Pero bueno, ¿pero me van a pagar las judías?
Los tres de Plenas se quedaron atónitos y mirándose unos a otros ante la inesperada pregunta de la señora.
—Oiga dueña, que nosotros ya l'emos pagao cuando hemos entrao.
—Pues no, que por aquí no están las perras —dijo la señora.
Los tres quedaron fríos y sudorosos, sobre todo de pensar que habían pagado y de los sacrificios que les había costado reunir las mil pesetas.
De pronto, se oyeron ruidos y apareció inesperadamente el marido de la señora.
—Miren, estaba recostao en la cama y estoy oyendo la conversación que llevan con mi mujer. Vamos a ver si lo solucionamos.
Los tres amigos, pensaron que la cosa se iba a complicar más si el marido le daba la razón a su mujer.
Entonces el señor le dijo a la esposa que volviese a mirar bien por toda la casa. Él casi por inercia, como si esta situación se hubiera repetido en más ocasiones, levantó el hule de la mesa y aparecieron las mugrientas mil pesetas. En muchas casas, debajo del hule, se acostumbraba a dejar los escasos documentos que en aquellos tiempos se originaban como papeles con cuentas de compra venta de productos agrícolas, algún billete…
Los tres se miraron y respiraron aire limpio, ya que su honradez dejaba de estar en entredicho.
—Ya excusarís, pero es que esta mujer tiene la cabeza muy mala —dijo el señor.
Ellos contestaron:
Más le cale hacenos un par de güevecicos y una tajadica pa que se nos quite el sofoco que nos ha dao.
La señora pidió y pidió disculpas, pero los tres vecinos de Plenas se fueron sin almorzar.

© I. Navarro

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