7 sept. 2010

Mirando al futuro desde nuestro pasado

Las tres últimas décadas han supuesto una gran transformación de Plenas. En cuanto a su apariencia externa podemos hablar de que los cambios experimentados en este periodo han sido espectaculares: llegó el agua corriente, el alcantarillado y el alumbrado público en condiciones; la pavimentación del casco urbano y alrededores es casi total desde hace años; se ha restaurado y rehabilitado el patrimonio de todos (Ayuntamiento, horno, la iglesia con la torre, la ermita del Carrascal…) y han llegado los equipamientos e infraestructuras deportivas (frontón cubierto y piscinas municipales). También se han rehabilitado y construido algunas casas y edificios de uso agrícola o recreativo. En fin, que el cambio que ha dado el aspecto físico del pueblo es asombroso.
Por otro lado, han avanzado y mejorado mucho la forma y los medios de trabajar, puesto que la mecanización y la desaparición de algunas labores muy penosas han hecho que la agricultura de hoy sea muy diferente de la tradicional.
Sin duda, todo ello ha contribuido a mejorar la calidad de vida de los vecinos de Plenas y de aquellas personas que pasan allí algún tiempo pero, a la vez, está originando que se vayan perdiendo algunas costumbres y tradiciones que nos hacían diferentes de los demás, que nos singularizaban como pueblo.
Niños de Plenas preparando “comedias”. Fuente Familia del Río

Los que vivimos la infancia en Plenas recordamos a montones de niños jugando y correteando por la calle; corros de mujeres con sus sillas haciendo algún trabajo de temporada (“esgallufar”, “escoscar”, “esbrinar”, “esmotar lana”…) o simplemente cosiendo la ropa en la calle; los animales domésticos atravesando las calles de tierra para ir al abrevadero a beber agua…, y un sinfín de detalles parecidos. Tuvimos una manera de vivir totalmente diferente a la actual. Los niños de nuestros pueblos se están perdiendo una gran cantidad de pequeñas cosas que nosotros vivimos y ellos no.
La tía Flora, “esbrinando zafrán”. Fuente Familia del Río

Hemos pasado de unas formas de vida muy tradicionales, con elementos peculiares en cada uno de nuestros pueblos, a que la vida cotidiana vaya pareciéndose cada vez más a la de las ciudades. Parece como si el avance en unos aspectos hiciera necesario que perdamos parte de nuestra historia y de nuestra manera de ser y de vivir.
Podemos recordar algunas maneras de llenar el tiempo libre en nuestra niñez. Todo era sencillo y entretenido, nos hacía diferentes de otros y contribuía a mejorar nuestra vida cotidiana:
– Jugábamos a “Ministros y ladrones” por las cuevas del Hoyo: hacíamos dos bandos, los miembros del uno se escondían y los del otro debían encontrarlos.
– Para jugar al vaso se lanzaba una lata con unas piedras dentro y mientras el que la pagaba iba a recogerlo los demás se escondían. Un sitio ideal era donde empieza la calle del Hoyo.
– También pasábamos muchos ratos haciendo casetas y casetos por la huerta, por la orilla del río…
– Algunos domingos las chicas “hacían comedias”: preparaban una función teatral en la que cantaban, bailaban, hacían sorteos, etcétera. Previamente había que ensayar y preparar el recinto (en un corral, cochera o casa vieja), con el telón correspondiente.
– Era costumbre que cuando alguien conseguía matar una zorra, los niños la llevaran por el pueblo a “pedir limosna para la zorra”. Recibían algunos regalos o propinas por haber eliminado ese enemigo.
– El día de Año Nuevo los pequeños de la casa recorrían las casas de los tíos y algunos vecinos a “pedir Cabodaño”.
– En primavera había que coger violas, esas preciosas y minúsculas florecillas lilas de penetrante olor.
– El Viernes Santo los chicos íbamos a tocar con la carracla o la matraca antes de los oficios religiosos, dando tres vueltas al pueblo (una por toque) .
– El Sábado Santo había que enramar, es decir, preparar y colocar los ramos llenos de chucherías (naranjas, galletas, regalices, palotes…) en las ventanas de las chicas. El esfuerzo era recompensado al día siguiente cuando la pandilla de chicos íbamos por las casas donde habíamos puesto ramo a recoger la propina y la rosca, que era una torta con huevos duros y longaniza. Por la tarde se organizaba una merienda . Cada cuadrilla buscaba un lugar y había mucha fiesta, ya que enramaban desde los más niños hasta los mozos mayores.

Rosca y enramada de Pascua. Fotos I. Navarro

– El corococo: era un panecillo redondo que se hacía especialmente en el horno para San Juan y para San Pedro, y que se acompañaba casi siempre de longaniza del adobo. La costumbre era ir a comer el corococo al campo, generalmente en la arboleda, y pasar la tarde jugando por allí.

– Las fiestas de la Virgen del Carrascal y de San Agustín eran también diferentes, con mucha diversión, pocos gastos y se preparaban y recordaban durante todo el año.
Zagales en las fiestas de San Agustín.
Fuente Familia del Río

– Teníamos un montón de juegos, canciones, retahílas… que se están olvidando: las birlas, las tabas, el zorrocotroco, pizco lomizco, marro, etcétera. El repulero, los canutos y los alondros, los silbatos de punta de caña tierna para sacar arañas, los pitones, las tapas de cajas de cerillas, los cachuletes, el redonche, los barcos y toldos de juncos…
"Engañarañas" hechas con puntas de caña verdes
para sacar las arañas. Foto I. Navarro

Vivir estas y otras cosas sencillas contribuyó a que nuestra infancia fuera una época en la que la relación con los amigos era fundamental, y eso es un valor importante.
¿Seremos capaces de transmitir a los niños y jóvenes la ilusión por disfrutar y mantener alguna de esas costumbres que han marcado nuestra idiosincrasia? Quizá fuera bueno y necesario hacerlo como garantía de futuro, pues todo ello conforma la cultura popular de Plenas. Para que un pueblo siga vivo, además de las obras, es necesario mantener la memoria y el espíritu de sus gentes. Todavía estamos a tiempo.
Juego de las “birlas” en el que solo
participan mujeres Fotos I. Navarro

(Revista Al Sur del Ebro Nº 2. Autor: Servando del Río Bonafonte. Comarca Campo de Belchite, Zaragoza, 2006)

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